HISTORIAS CONTADAS CON DOS DEDOS - JUAN CARLOS BATALLER
Juan Carlos Bataller 30 Entramos al edificio de la avenida San Martín y sentimos sobre nosotros más de cien años de periodismo. Nos sentimos muy pequeños. Pero cuando nos anunciaron al ingeniero Caseros, sacamos pecho y en- tramos al despacho. Fueron dos horas de conversación. Hablamos del semanario y de ilusiones. Hablamos de mi paso por Clarín y del paso del Negro Mendoza por Primera Plana. Hablamos. Y Caseros, aunque dirigiera una empresa con toda la historia de Men- doza encima, tenía poco más, poco menos, nuestra edad. —está bien. Métanle. nosotros les imprimimos. organicen todo para estar acá con las páginas los jueves a las 3 de la tarde y a las 7 se llevan el diario hecho. Eran las siete de la tarde y era el 25 de abril de 1986, cuando salimos del edificio de Los Andes. Nos fuimos a la confitería del Automóvil Club. Pedimos cuatro cafés y brindamos. Ya estaba decidido. El primer número de El Nuevo Diario —de los viernes en ese enton- ces— saldría a la calle el 16 de mayo. Empezaba una carrera contra el almanaque. 2 - el día que nos olvidamos la página 8 Pero la historia que da el título a esta nota se produjo poco después. Hacía tres semanas que aparecía El Nuevo Diario y no dejábamos de sorprendernos. La vida era un sobresalto continuo. Las cosas, simplemente, ocurrían. ¡teníamos tanto que aprender sobre el mercado de semanarios! Y nadie podía enseñarnos porque no existían experiencias válidas. El tema del tiraje nos volvía locos. Nosotros proveníamos del mundo de los diarios, donde las ventas de ejemplares son más o menos estables y poco varían con un buen título. Con los semanarios era absolutamente distinto.
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